El Helicoide: De centro de detención a centro social, deportivo y cultural

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31/01/2026/Victor Gomez, El Crepuscular/EFE/ Reuters/ AP/LA NACION

El sol se pone sobre Caracas, tiñendo de naranja y púrpura la imponente espiral de concreto que domina la loma de San Agustín. No es un atardecer cualquiera para El Helicoide. El edificio que una vez fue el epítome de la modernidad truncada y que luego se convirtió en el epicentro de la represión política en Venezuela, se encuentra hoy en la antesala de una nueva metamorfosis. La pregunta que flota en el aire, como el polvo de su eterno abandono, es si esta vez, la promesa de redención logrará borrar las sombras de su oscuro pasado.

La noticia, anunciada por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, ha resonado con una mezcla de esperanza y escepticismo. Rodríguez anunció el viernes una propuesta de “ley de amnistía” para cientos de presos políticos en el país y afirmó que el centro de detención El Helicoide, denunciado desde hace tiempo por organizaciones de derechos humanos como escenario de continuos abusos contra los presos, se convertirá en un centro deportivo y de servicios sociales.

El Helicoide, ese coloso de rampas interminables que se proyectó como el primer centro comercial «drive-in» del mundo en 1956, cerrará sus puertas como centro de detención del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN). Su futuro un vibrante centro social, deportivo y cultural.

«Es un paso necesario, pero no suficiente», afirma Gonzalo Himiob Santomé, director del Foro Penal, organización que ha documentado incansablemente las violaciones a los derechos humanos dentro de estas paredes. «La clausura de El Helicoide como prisión debe ir acompañada de una Ley de Amnistía General que libere a todos los presos políticos y de una investigación exhaustiva de lo ocurrido allí. De lo contrario, solo estaremos cambiando el nombre a un lugar sin sanar las heridas».

El anuncio no es fortuito. Llega en un momento de reconfiguración política, con la reciente captura de Nicolás Maduro, y un inédito acercamiento diplomático con la administración de Donald Trump, en Estados Unidos. El propio presidente Trump, se refirió públicamente a El Helicoide como una cámara de torturas que debía ser desmantelada, una presión internacional que parece haber acelerado esta decisión.

De la Visión Vanguardista al Terror Concreto

La historia de El Helicoide, es la de un sueño arquitectónico que se transformó en pesadilla. Diseñado por Jorge Romero Gutiérrez, Pedro Neuberger y Dirk Bornhorst, su audacia futurista atrajo incluso la atención de Salvador Dalí. Se imaginaron automóviles ascendiendo en espiral hasta las puertas de tiendas de lujo y exhibiciones de arte. Pero la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez en 1958 dejó el proyecto en el limbo. Décadas de abandono, ocupaciones informales y promesas incumplidas sellaron su destino como un «elefante blanco» en el corazón de la capital.

Fue en 1985, cuando la Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP, luego SEBIN) lo tomó como su sede. Lo que comenzó como un centro de operaciones, se consolidó bajo los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, como la prisión política más emblemática y temida de Venezuela. Testimonios desgarradores de exdetenidos, informes de la ONU y de organizaciones de derechos humanos detallan la existencia de celdas de castigo como «El Tigrito» o «La Grilla», donde la luz del sol y el espacio eran lujos inalcanzables. Las denuncias de torturas, incluyendo descargas eléctricas, asfixia y violencia psicológica, son una cicatriz imborrable en la memoria colectiva del país.

El Futuro: ¿Un Borrón y Cuenta Nueva?

La propuesta de convertir, El Helicoide, en un espacio cultural, social y deportivo evoca la necesidad de reconciliación. «Es importante que las comunidades de San Agustín y Santa Rosalía, que viven a la sombra de este edificio, puedan reapropiarse de él», comenta Ana María Rojas, socióloga urbana. «Pero la reconversión física debe ir de la mano con una reconversión moral. No se puede construir sobre el silencio».

La incógnita principal es cómo se gestionará la memoria. ¿Será un centro que ignore su pasado o uno que lo reconozca, quizás con un espacio dedicado a las víctimas? La presidenta Rodríguez ha hablado de un futuro para la «familia policial» y las comunidades, pero el eco de los gritos y el dolor de los detenidos resuenan con más fuerza que cualquier nueva capa de pintura.

Mientras los trabajos de desmantelamiento de las celdas y la planificación de los nuevos espacios comienzan, Venezuela observa El Helicoide. ¿Será finalmente un monumento a la utopía, a la resiliencia o, en su intento de olvido, se convertirá en un recordatorio perpetuo de lo que nunca debió ser? La respuesta, como el colágeno en un caldo a fuego lento, se cocinará con el tiempo. Y en este caso, el tiempo dirá si la arquitectura puede realmente sanar las heridas de la historia.

3 comentarios
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