05/06/2026/Lcdo. Victor Gomez, El Crepuscular/
Empresario, ganadero y pilar fundamental del gremialismo venezolano, el larense dejó una huella imborrable en las instituciones económicas y deportivas más importantes del país.
Detrás del hombre directo y exigente que presidió Fedecámaras y la LVBP, se escondía un melómano apasionado, un deportista de pura cepa y un hijo de devoción inquebrantable.
Hay hombres cuya existencia no se puede medir únicamente por los cargos que ocuparon en las solapas de sus trajes, sino por la pasión y la humanidad con la que habitaron cada uno de sus días. Rafael Marcial Garmendia, nacido en la tierra del crepúsculo el 24 de octubre de 1941, fue precisamente uno de ellos. Su nombre es sinónimo de la Venezuela de vanguardia, del esfuerzo privado y de un liderazgo institucional que hoy, a más de diez años de su fallecimiento el 29 de diciembre de 2015, sigue siendo una brújula para el sector productivo nacional.
Garmendia fue un visionario con las botas puestas. Ganadero de tradición y empresario de convicción, recorrió los peldaños más altos del gremialismo en el país. Su estampa firme y su voz clara lo llevaron a presidir la Federación Nacional de Ganaderos (Fedenaga), la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela (Fedecámaras), la Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP) y a ser una pieza matriz como miembro fundador de la Asociación de Promoción de Inversiones del Estado Lara (PROINLARA).
La dualidad de un líder: Rigor y sensibilidad
Quienes compartieron discusiones de pasillo o mesas de negociación con Rafael Marcial recuerdan un carácter recio. Era bravo, directo, un hombre que no admitía medias tintas ni titubeos y que exigía a los demás el mismo nivel de excelencia que se imponía a sí mismo. Sin embargo, esa coraza de líder inquebrantable custodiaba una sensibilidad profunda y conmovedora.
Su liderazgo no era frío; estaba impregnado de una aguzada empatía. Tenía la capacidad de conmoverse genuinamente ante un gesto noble, el peso de un recuerdo o los acordes de una buena melodía. Era un gremialista: no imponía el respeto, lo cosechaba. Prueba de ello fue su despedida física, donde representantes de múltiples sectores económicos, sociales y culturales del país se turnaron ante su féretro para narrar, desde distintas esquinas, cómo el impacto de sus decisiones había transformado para bien a sus respectivos gremios.
Boleros, coleo y la picardía en las canchas
Lejos de las oficinas y las asambleas, Rafael Marcial Garmendia sabía cómo abrazar la vida con intensidad larense. Fue un apasionado de las tradiciones de su tierra. Practicó los toros coleados de forma activa hasta casi cumplir los 70 años, demostrando su temple en las mangas del país. En las canchas de bolas criollas era un estratega temible: jugaba con una seriedad absoluta y no toleraba el más mínimo error en su equipo, aunque utilizaba una fina e ingeniosa picardía para desconcentrar a sus adversarios entre risas.
La música era su refugio. Melómano confeso, los boleros poseían la propiedad de hacerlo vibrar; organizaba tertulias con sus amigos más cercanos con el único propósito de sentarse a escuchar y desmenuzar viejas canciones. Su oído musical y su visión de apoyo al talento local lo convirtieron, además, en uno de los principales impulsores de la reconocida agrupación musical larense Santoral desde sus primeros pasos en la industria.
El día que desafió a la báscula sobre el lomo de «El Canelo»
Para Garmendia, los toros coleados no eran un simple pasatiempo de fin de semana, sino una prolongación de su propio carácter indómito. En las mangas de Lara y de todo el país, su nombre infundía respeto, no solo por su precisión al momento de ejecutar la faena, sino por la profunda conexión que lograba desarrollar con sus compañeros de pista: sus caballos.
Aunque por su caballeriza pasaron ejemplares extraordinarios que dejaron huella, como el recordado y ágil «Guajiro», hubo un equino que se convirtió en su alter ego sobre la arena: el legendario «El Canelo». Juntos formaron un binomio temible, caracterizado por la fuerza, la velocidad y una sincronización casi telepática.
La leyenda viva de Rafael Marcial en los toros coleados se terminó de cincelar una tarde en la que el destino le puso al frente un reto que parecía desafiar las leyes de la física. Salió de la valla un toro imponente, un animal de casta que detuvo la báscula en unos descomunales 700 kilogramos. La grada enmudeció; derribar a semejante coloso requería mucho más que maña.
Fue en ese instante cuando la casta de Garmendia y la potencia de «El Canelo» se hicieron una sola pieza. Con el viento en contra y la manga vibrando, el noble animal acortó la distancia con una velocidad pasmosa, permitiendo que Rafael Marcial asegurara la cola del astado con un agarre de hierro. Con un movimiento perfecto, donde se combinaron la fuerza bruta del caballo y la técnica impecable del jinete, el gigante de 700 kilos terminó rodando sobre el suelo larense, desatando la euforia colectiva del público.
Aquella mítica coleada no solo quedó registrada como una hazaña deportiva imborrable, sino como el testimonio definitivo del temperamento de un hombre que, tanto en las altas esferas empresariales como en la reciedumbre de la manga, jamás se amilanó ante ningún gigante.
El refugio de la finca y la devoción de hijo
Su lugar favorito en el mundo no era una sala de juntas, sino la paz de su finca. Allí, su espíritu aventurero y generoso alcanzaba su máxima expresión. Durante fines de semana, carnavales y Semanas Santas, las puertas de su hogar campestre se abrían para recibir a decenas de amigos. En esos días nunca faltaba la buena mesa, el brindis oportuno y las anécdotas memorables. Una de las más icónicas ocurrió el día que adquirió una motocicleta de tres ruedas para recorrer sus terrenos: en su primer intento por subir unas escaleras, terminó debajo del vehículo. La escena quedó grabada entre sus afectos como un monumento al buen humor, pues entre carcajadas, jamás se atrevió a comprobar si el artefacto también tenía la propiedad de flotar.
No obstante, el rasgo que quizás define mejor la profundidad de su alma ocurrió en la intimidad de su hogar. Siendo ya un hombre divorciado y con múltiples ocupaciones, asumió con total entrega y ternura el cuidado de su madre anciana, quien bajo su condición de avanzada edad, solo aceptó salir de su casa con la promesa de vivir bajo el techo de su hijo. Rafael Marcial la cuidó con una devoción absoluta; ella fue su gran debilidad, y él, el pilar que la sostuvo hasta el final.
Rafael Marcial Garmendia no solo construyó instituciones fuertes para Venezuela; edificó una forma entrañable, íntegra y profundamente humana de transitar por el mundo. A una década de su partida, el estado Lara y el país recuerdan al hombre que demostró que el verdadero carácter no está reñido con el corazón.





















































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