11/06/2026/Lcdo. Victor Gomez, El Crepuscular/
Especial para la Memoria Urbana de Lara
El centro de Barquisimeto tiene esquinas que todavía huelen a celuloide, pero que hoy solo muestran asfalto y rejas de locales comerciales. Si un cronista se para hoy en la calle 29, entre las carreras 21 y 22, e intenta escuchar el bullicio de los estrenos de la época dorada, el rugido de los motores de un estacionamiento o el pregón de los comerciantes informales le apagarán la nostalgia. Allí, donde hoy se levanta una estructura utilitaria y fría, existió el gigante geométrico de la cinematografía larense: el Cine Rialto.
Su demolición total, ejecutada en los albores del siglo XXI, no fue un simple derribo de bloques y vigas; fue el tiro de gracia a una de las piezas arquitectónicas e históricas más importantes de la identidad barquisimetana. El derrumbe del Rialto sigue siendo, para los defensores del patrimonio edificado, el ejemplo más doloroso de cómo la especulación inmobiliaria y la desidia institucional pueden borrar el pasado de una ciudad en un abrir y cerrar de ojos.
La época de las luces: Cuando el centro era una pantalla
Inaugurado a mediados del siglo XX, el Cine Rialto nació bajo la corriente del Art Déco, un estilo arquitectónico que dotó al centro de Barquisimeto de líneas limpias, fachadas simétricas y una majestuosidad vertical que desafiaba la chatura de las viejas casonas coloniales de adobe.
Junto a colosos hermanos como el Cine Barquisimeto, el Imperio, el Palace y el Yaracuy, el Rialto configuró el circuito de la «permanencia voluntaria». Ir al Rialto era un ritual social: los caballeros vestían de gala, las damas lucían sus mejores atuendos y las familias se agolpaban bajo su gigantesca marquesina iluminada para ver los grandes éxitos de Hollywood, el cine mexicano de oro o los primeros largometrajes nacionales. Su proyector de carbón no solo emitía luz hacia la pantalla; irradiaba modernidad a una ciudad que despertaba al siglo de la tecnología.
El declive: El abandono que precedió a las piquetas
El fin de la magia no llegó de golpe, sino con el goteo silencioso de la evolución comercial. Las décadas de los 80 y 90 trajeron consigo la masificación del formato de video casero (el formato VHS) y la posterior inauguración de los grandes centros comerciales en el este y oeste de la ciudad, equipados con salas múltiples (múltiplex).
El público abandonó el casco central al caer la noche. El Rialto, asfixiado por los altos costos de mantenimiento y la delincuencia que comenzó a azotar las zonas comerciales tradicionales, apagó sus proyectores. Pasó años convertido en un caserón fantasma, acumulando polvo, deudas y el óxido del olvido, ante la mirada indiferente de los transeúntes y de las autoridades de la época.
La crónica de un crimen patrimonial anunciado
El desenlace fatal del Cine Rialto se consumó cuando el inmueble fue adquirido por inversionistas privados. En un centro de Barquisimeto urgido de espacios para el comercio de importación y el resguardo de vehículos, el valor del terreno por metro cuadrado superó por creces el valor intangible de la historia.
A pesar de los gritos de auxilio de los cronistas de la ciudad, historiadores de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA) y grupos de ciudadanos organizados, la piqueta y la bola de demolición hicieron su trabajo. La emblemática fachada geométrica que por décadas desafió al sol larense fue reducida a escombros en pocos días.
El gran reclamo histórico que aún reposa sobre los archivos de la Alcaldía de Iribarren y el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC) fue la ausencia de un blindaje legal oportuno. Al no existir una declaratoria de protección patrimonial irreversible que amparara al edificio, los nuevos propietarios pudieron tramitar permisos ordinarios de demolición, amparados en el derecho a la propiedad privada y la «renovación urbana».
Lo que el cemento se llevó
Hoy, la esquina de la calle 29 es un recordatorio de lo que Barquisimeto ha dejado perder. Mientras ciudades de otros países restauran sus viejos teatros y cines de centro para convertirlos en centros culturales, librerías o teatros municipales, la capital musical de Venezuela cambió un templo del arte por comercios utilitarios.
La demolición del Cine Rialto es hoy una lección abierta en los manuales de urbanismo local. Un recordatorio de que cuando una ciudad pierde sus fachadas históricas, sus ciudadanos caminan sobre calles sin memoria. Para las generaciones que vivieron el Barquisimeto de ayer, el Rialto ya no tiene paredes, pero sus luces siguen encendidas en el recuerdo de las tardes de estreno, el olor a palomitas de maíz y la añoranza de una ciudad que, a veces, parece empeñada en olvidar de dónde viene.























































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